Hijos de la aurora

Volviendo a Thoreau de la mano de Antonio Casado da Rocha en su obra Una casa en Walden

Hijos de la aurora

 

…Y despertarse. ¿Donde

mejor que entre arboledas junto a un lago?

“Renuévate a ti mismo cada día”.

Aquel hombre lo entiende,

y la mañana es siempre edad heroica.

Una Odisea vaga por el aire

con un vigor perenne de frescura

frente a una flor que nunca se marchita.

Su Genio a cada uno

le pone ante el suceso memorable:

La vida que le asalta y le realza.

“Los poetas, los héroes

son hijos de la Aurora”,

y en torno al pensamiento así ya elástico

-bajo la luz del sol-

todo el día mantiene

transparencia temprana.

Hombre: con firme expectación de aurora

Retornemos al mundo. ¿No es gran arte

modificar la cualidad del día?

 

 Culto de la aurora (Al margen de Thoreau);  Homenaje de Jorge Guillén

 

” En mi casa tenía tres sillas: una para la soledad, dos para la amistad, tres para la compañía” nos dice Thoreau en Walden. Doscientos años después del nacimiento de este gran pensador Antonio Casado da Rocha, profesor de la Universidad del País Vasco, se sienta en cada una de estas tres sillas para hacernos volver a Walden. Casado quiere detener nuestros pasos, descansar nuestra fatigada y saturada mente e invitarnos a caminar de nuevo, a recorrer los bosques de Maine y los nuestros con una nueva forma de mirar y percibir.

En 1845 Henry David Thoreau abandona su ciudad de Concord para residir durante dos años, dos meses y dos días en una cabaña construida por él a orillas del lago Walden. Como el mismo autor explica en su libro, se tratará de un experimento, no de una huida.

Volver, pero no con la frente marchita, volver a casa, al hogar, con la mente abierta y los sentidos atentos. Volver, con los pasos, la mente y el corazón. Volver para poder ir. Dicen que para avanzar se necesitan dos pasos para atrás y uno para adelante. Dos pasos, dos años, dos meses y dos días.

El filósofo que camina. Thoreau es sobre todo un filósofo del camino y del caminar. Del movimiento y del reposo. Del fluir de la vida. De los ríos, montañas, árboles y animales. Su pensamiento no es pura teoría, no es un divagar abstracto y lejano. Thoreau nos habla del hoy, de ti y de mi. De nosotros, juntos, mundo, tierra. No hay humanidad separada de naturaleza. Somos un todo.

Y lo habíamos olvidado, o mejor quizás, nos lo habían hecho olvidar.

La Revolución Industrial, los nuevos avances técnicos y científicos, sus ideologías políticas y económicas pretendían separarse en este fin del XIX de su origen. Una separación que implicaba aniquilación y utilización. Esclavitud. Superioridad.

La casita de Thoreau, aunque con sus paredes, nos habla de lo que hay afuera. Su madera, reciclada y aprovechada de viejos árboles caídos, son una transición, no una barrera.

Habita en mi, parece susurrarle el campo al filósofo. Habita en mi pero no me destruyas. Edifica un futuro donde viva mi presente. Practica la filosofía, que no es nada más que una pequeña guía para resolver los problemas de la vida, no intentes tanto explicar el mundo como preservarlo. Pero sobre todo: vive.

“El camino de la filosofía nos saca del aula, nos lleva a la calle y al campo abierto, tal vez al bosque, tal vez a lo salvaje” reflexiona Casado da Rocha.

En las páginas de Walden, entre sus anotaciones de economía de la sobriedad, Thoreau nos habla de la verdadera riqueza. La que no se paga con monedas. La libertad, el tiempo, la naturaleza. “Cultiva el tiempo”, “influye en la calidad del día”, nos apela Thoreau.

Paso a paso, respiración tras respiración. Contemplando. Detente, escucha, observa. No solo estás tu. El mundo está vivo, lleno de otros yoes. Y no son humanos. El mundo está lleno de otros hogares. Y no son humanos. ¿Quién eres tú para aniquilarlos? ¿Para destruirlos?

Thoreau es asímismo poeta, apóstol de la Belleza. La belleza del mundo. Un mundo que se despierta con cantos de pájaros, el nadar de los peces, el corretear de los ciervos. ¿Pero cuántos amaneceres quedan así? Al ritmo de destrucción de hoy en día, poquísimos.

Doscientos años más tarde, Antonio Casado da Rocha vuelve a Thoreau, vuelve a Walden, para hacernos reflexionar. Nos trae unos anteojos del pasado para ver bien nuestro presente. Y nos apunta con el dedo, en la misma dirección que el maestro ambulante: “Influye en la calidad del día” o al menos inténtalo. Tu cambio, tu pausa, tu meditación, tu reflexión pueden perpetuar la belleza. Sé hijo de la aurora y retorna al mundo.

 

Artículo de Sílvia Esteve

Una casa en Walden de Antonio Casado da Rocha, editado por Pepitas de Calabaza